Adela soporta sus 54 años de edad, sin saber lo que es el sabor de un hombre, como un corsé que le han obligado a llevar contra su voluntad desde que era una adolescente.
Vive sóla con su aya en un enorme caserón señorial que se cae a trozos.
Adela es la hija única y heredera de la familia de grandes terratenientes: los Cornejo. No se casó porque no encontró nunca a ningún hombre que epatara con su situación social.
Adela jamás conoció el abrazo de un hombre desnudo, ni incluso el sabor salitroso de un beso de adolescente ni menos aún el placer del más bello pecado que inventaron los dioses.
A veces se sentaba tras los visillos para ver pasar la gente y no podía evitar oir la voz de una verdulera, que tenía su puesto en la esquina y que cantaba cuando no tenía clientes: "No quiero tus olivares ni tus almazaras. No quiero triduos ni novenas. Lo que quiero es el calor de tu pecho y el sabor de tus besos".
miércoles, 28 de marzo de 2012
Bodas rurales ¿Un negocio para los novios?
Desde hace varias décadas las celebraciones y convites de bodas en los pueblos y quizá también en los barrios populares de algunas ciudades han degenerado de la mera celebración al más puro negocio donde se obtienen pingües beneficios económicos con el dinero que recogen los contrayentes de lo regalos quasi obligatorios que exigen a cambio del ágape.
En la zona rural donde jubilo las bodas de antaño se celebraban de una manera más auténtica que las de ahora. Los novios caminaban hacia la iglesia por mitad de la calle; a la vuelta de la ceremonia los ya recién casados abrían un cortejo seguidos por los padrinos y todos los invitados que a modo de procesión llegaban hasta el salón que era una gran habitación, propia o alquilada, donde sobre tableros soportados por caballetes y cubiertos por manteles de papel, se ofrecía vino blanco manchego de barril y cerveza y sobre platos rodajas de chorizo, morcilla, salchichón, aceitunas y un poco de queso. Durante el "banquete" algunos invitados, los más pudientes o generosos, regalaban el consabido juego de té (que rodaba de boda en boda hasta deshacerse de él), o una horrible figura de escayola pintada o una lámpara de noche. Todos tan felices, los novios por recibir algunos regalos, los regaladores por desprenderse de esos bodrios y los invitados por el vino bebido.
Mucho antes de estrenarse en España la película de El Padrino donde los socios agradecidos de la familia Corleone hacían una larga cola para depositar sobres con dinero ya existía en estos pueblos serranos la fea costumbre de "exigir" una cantidad para sufragar el banquete, pagar el viaje de boda y ahorrar unas pesetillas. Con el tiempo, se convirtió este peaje como algo obligatorio si se quería asistir a este tipo de evento. Ahora el invitado debe calcular el coste del cubierto y multiplicarlo al menos por tres veces si se quiere quedar bien, sabiendo de antemano que asistir a un banquete nupcial por estos pueblos cuesta más que un fin de semana, para una pareja, en un hotel de cuatro estrellas a pensión completa.
A este prosaico y mercantilista modo de celebrar las bodas hay gente que se rebela y deja de asistir a ese teatro donde se lleva a cabo el dicho aquel de: "Yo te invito a una copa y tú me invitas a comer"
Nota.- No exageramos con los escrito. Es tan buen negocio estas fiestas subvencionadas por los asistentes que también se celebran bautizos y primera comuniones.
En la zona rural donde jubilo las bodas de antaño se celebraban de una manera más auténtica que las de ahora. Los novios caminaban hacia la iglesia por mitad de la calle; a la vuelta de la ceremonia los ya recién casados abrían un cortejo seguidos por los padrinos y todos los invitados que a modo de procesión llegaban hasta el salón que era una gran habitación, propia o alquilada, donde sobre tableros soportados por caballetes y cubiertos por manteles de papel, se ofrecía vino blanco manchego de barril y cerveza y sobre platos rodajas de chorizo, morcilla, salchichón, aceitunas y un poco de queso. Durante el "banquete" algunos invitados, los más pudientes o generosos, regalaban el consabido juego de té (que rodaba de boda en boda hasta deshacerse de él), o una horrible figura de escayola pintada o una lámpara de noche. Todos tan felices, los novios por recibir algunos regalos, los regaladores por desprenderse de esos bodrios y los invitados por el vino bebido.
Mucho antes de estrenarse en España la película de El Padrino donde los socios agradecidos de la familia Corleone hacían una larga cola para depositar sobres con dinero ya existía en estos pueblos serranos la fea costumbre de "exigir" una cantidad para sufragar el banquete, pagar el viaje de boda y ahorrar unas pesetillas. Con el tiempo, se convirtió este peaje como algo obligatorio si se quería asistir a este tipo de evento. Ahora el invitado debe calcular el coste del cubierto y multiplicarlo al menos por tres veces si se quiere quedar bien, sabiendo de antemano que asistir a un banquete nupcial por estos pueblos cuesta más que un fin de semana, para una pareja, en un hotel de cuatro estrellas a pensión completa.
A este prosaico y mercantilista modo de celebrar las bodas hay gente que se rebela y deja de asistir a ese teatro donde se lleva a cabo el dicho aquel de: "Yo te invito a una copa y tú me invitas a comer"
Nota.- No exageramos con los escrito. Es tan buen negocio estas fiestas subvencionadas por los asistentes que también se celebran bautizos y primera comuniones.
martes, 27 de marzo de 2012
Toros para todos y mi perrito Jasy
El primer domingo de la nueva temporada de este estupendo programa de televisión de Canal Sur Andalucía pude retomar otra de mis múltiples aficiones: los toros. El superenergético y estusiasta presentador Enrique Romero transmite una pasión por el mundo de los toros que mi perrito shih-tzu, Jasy, se altera y ladra a la pantalla.
Una vez le pregunté al escritor Antonio Gala, hace años cuando yo regentaba una librería, si de verdad se podía amar a un animal, en este caso a un perro. Yo me refería entonces a Troylo, un perrito que tuvo Gala que murió y le hizo protagonista de un libro. Hizo una pausa en la firma de libros y me contestó algo así como: "Sr. Valenzuela, el cariño y la nobleza de un perro de compañía es menos interesado y más puro que el de cualquier persona".
Volviendo a los toros, no cabe duda que el presentador de Canal Sur ama a los toros, se le nota porque se apasiona hablando de la nobleza de estos bellos animales.
Sobre Jasy reconozco que existe una dicotomía de gustos entre mi perrito y los míos. Siempre que intento ver una corrida de toros en TV ladra a la pantalla y no tengo más remedio que cambiar de canal o irme a otra habitación de la casa. "Toros no" parece protestar mi perrito mientra yo le digo "Toros sí" ¿por qué? Porque no es un bien cultural, ni un deporte, ni un juego sino puro arte: una especie de ballet entre un hombre y un animal. Así lo veo. Toros para todos... y para los que no les gusten que vean otros espectáculos.
Una vez le pregunté al escritor Antonio Gala, hace años cuando yo regentaba una librería, si de verdad se podía amar a un animal, en este caso a un perro. Yo me refería entonces a Troylo, un perrito que tuvo Gala que murió y le hizo protagonista de un libro. Hizo una pausa en la firma de libros y me contestó algo así como: "Sr. Valenzuela, el cariño y la nobleza de un perro de compañía es menos interesado y más puro que el de cualquier persona".
Volviendo a los toros, no cabe duda que el presentador de Canal Sur ama a los toros, se le nota porque se apasiona hablando de la nobleza de estos bellos animales.
Sobre Jasy reconozco que existe una dicotomía de gustos entre mi perrito y los míos. Siempre que intento ver una corrida de toros en TV ladra a la pantalla y no tengo más remedio que cambiar de canal o irme a otra habitación de la casa. "Toros no" parece protestar mi perrito mientra yo le digo "Toros sí" ¿por qué? Porque no es un bien cultural, ni un deporte, ni un juego sino puro arte: una especie de ballet entre un hombre y un animal. Así lo veo. Toros para todos... y para los que no les gusten que vean otros espectáculos.
jueves, 1 de marzo de 2012
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