lunes, 28 de julio de 2014
El hambre en aquella España subdesarrollada
Releyendo "The Face of Spain" de Gerald Brenan quedé perturbado por la miseria que este viajero y escritor inglés encontró en nuestra patria en el año 1949.
"Uno no puede pasear por las calles de Córdoba (1948) sin horrorizarse de la pobreza que se veía. La vida siempre fue muy mala entre los trabajadores del campo del sur de España, pero lo que vi fue peor, mucho peor de lo que pude recordar. Vi a hombres y mujeres cuyas caras y cuerpos estaban cubiertos de suciedad y de costras, posiblemente estaban tan débiles y desnutridos a causa del hambre y de la miseria que eran incapaces de asearse. También se ven niños de diez años con las caras arrugadas, como viejecitos y mujeres de treinta ya macilentas y de aspectos de ancianas. Yo nunca vi tanta miseria en mi vida, ni incluso entre los leprosos de Marrakech"
Según el vicecónsul -saco de mis apuntes- inglés de Almería la población pobre de esta ciudad estaba famélica, desnutrida y desesperada. La pelagra y el edema del hambre se cebaba en un 3/4 de la población total y además una extraña enfermedad se propagó, en la primera mitad de la década de los 40, entre los chicos y chicas más pobres, entre 18 y 25 años de edad: una parálisis de las piernas, que por desgracia era incurable.
El hambre y la miseria generalizada en toda Andalucía se comprobó en Granada que a principios del año 1940 no daban abasto para acoger a gentes llegadas a la capital huyendo del hambre de sus pueblos y otras ciudades.
En Granada existían dos estaciones de desparasitación donde llevaban a los indigentes (como eran llamados) para desinfectarlos con vapores de ácido cianhídrico.
El gobernador civil ordenó a las fuerzas del orden público que no permitieran el ingreso a la ciudad de esta avalancha de mendigos. Se expulsaron de la ciudad de la Alhambra a 7.000 pobres de solemnidad.
En la provincia de Jaén el hambre era enorme en la década de los 40 a tal extremo que el obispo solicitó a las autoridades competentes poner las debidas cortapisas a esas gentes que acudían a la capital en tropel, con mujeres y niños, tras abandonar atropelladamente sus pueblos, aldeas y campos para intentar meterse en los suburbios de la capital y crear problemas.
(Datos obtenidos de "El Año de la jambre" . Departamento de Geografía Humana. Universidad de Granada).
Andalucía era una de las regiones más castigadas por la hambruna en la década de los años 40 de cada cuatro andaluces tres pasaban hambre de verdad aunque, curiosamente, el vino no estaba racionado de forma que todos los pobres que podían se emborrachaba con harta frecuencia para olvidar sus miserias y moler a palos a sus mujeres como desahogo de sus escaseces. Los casos de hepatitis entre los andaluces se cuadruplicó entre 1939 y 1943.
Los pobres deambulaban por las calles con los síntomas de la hambruna, principalmente los niños, con vientres y extremidades hinchados.
Las enfermedades más frecuentes entre los pobres (recordamos que era la 3/4 parte de la población española) eran la venéreas por la abundancia de mujeres que vendían su cuerpo a cambio de comida además de las fiebres tifoideas, el paludismo y la disentería: todas enfermedades típicas de los países pobres y tercermundistas.
Para tener una idea como era la sociedad andaluza en la nefasta década de los 40 exponemos el siguiente cuadro:
Clases sociales entre 1940 y 1949:
Almería con un 27'9% de clase media y un 71'1% de clase baja
Granada " 27'8% " 71'2% "
Jaén " 27'9% " 71'1% "
Málaga " 31'4% " 67'6% "
Cádiz " 42'4% " 56'6% "
Córdoba " 23'9% " 75'1% "
Huelva " 50'9% " 48'1% "
Sevilla " 36'7% " 62'3% "
(La clase alta "los ricos" formaba un mero 1% de la población total andaluza y como era normal eran los propietarios del 78% de todas las tierras)
Nunca se debe olvidar el tiempo pasado, ni para lo bueno ni para lo malo. Debemos recordar que todos somos resultados de aquellos nefastos tiempos, aunque hayan pasado varias generaciones.
"Uno no puede pasear por las calles de Córdoba (1948) sin horrorizarse de la pobreza que se veía. La vida siempre fue muy mala entre los trabajadores del campo del sur de España, pero lo que vi fue peor, mucho peor de lo que pude recordar. Vi a hombres y mujeres cuyas caras y cuerpos estaban cubiertos de suciedad y de costras, posiblemente estaban tan débiles y desnutridos a causa del hambre y de la miseria que eran incapaces de asearse. También se ven niños de diez años con las caras arrugadas, como viejecitos y mujeres de treinta ya macilentas y de aspectos de ancianas. Yo nunca vi tanta miseria en mi vida, ni incluso entre los leprosos de Marrakech"
Según el vicecónsul -saco de mis apuntes- inglés de Almería la población pobre de esta ciudad estaba famélica, desnutrida y desesperada. La pelagra y el edema del hambre se cebaba en un 3/4 de la población total y además una extraña enfermedad se propagó, en la primera mitad de la década de los 40, entre los chicos y chicas más pobres, entre 18 y 25 años de edad: una parálisis de las piernas, que por desgracia era incurable.
El hambre y la miseria generalizada en toda Andalucía se comprobó en Granada que a principios del año 1940 no daban abasto para acoger a gentes llegadas a la capital huyendo del hambre de sus pueblos y otras ciudades.
En Granada existían dos estaciones de desparasitación donde llevaban a los indigentes (como eran llamados) para desinfectarlos con vapores de ácido cianhídrico.
El gobernador civil ordenó a las fuerzas del orden público que no permitieran el ingreso a la ciudad de esta avalancha de mendigos. Se expulsaron de la ciudad de la Alhambra a 7.000 pobres de solemnidad.
En la provincia de Jaén el hambre era enorme en la década de los 40 a tal extremo que el obispo solicitó a las autoridades competentes poner las debidas cortapisas a esas gentes que acudían a la capital en tropel, con mujeres y niños, tras abandonar atropelladamente sus pueblos, aldeas y campos para intentar meterse en los suburbios de la capital y crear problemas.
(Datos obtenidos de "El Año de la jambre" . Departamento de Geografía Humana. Universidad de Granada).
Andalucía era una de las regiones más castigadas por la hambruna en la década de los años 40 de cada cuatro andaluces tres pasaban hambre de verdad aunque, curiosamente, el vino no estaba racionado de forma que todos los pobres que podían se emborrachaba con harta frecuencia para olvidar sus miserias y moler a palos a sus mujeres como desahogo de sus escaseces. Los casos de hepatitis entre los andaluces se cuadruplicó entre 1939 y 1943.
Los pobres deambulaban por las calles con los síntomas de la hambruna, principalmente los niños, con vientres y extremidades hinchados.
Las enfermedades más frecuentes entre los pobres (recordamos que era la 3/4 parte de la población española) eran la venéreas por la abundancia de mujeres que vendían su cuerpo a cambio de comida además de las fiebres tifoideas, el paludismo y la disentería: todas enfermedades típicas de los países pobres y tercermundistas.
Para tener una idea como era la sociedad andaluza en la nefasta década de los 40 exponemos el siguiente cuadro:
Clases sociales entre 1940 y 1949:
Almería con un 27'9% de clase media y un 71'1% de clase baja
Granada " 27'8% " 71'2% "
Jaén " 27'9% " 71'1% "
Málaga " 31'4% " 67'6% "
Cádiz " 42'4% " 56'6% "
Córdoba " 23'9% " 75'1% "
Huelva " 50'9% " 48'1% "
Sevilla " 36'7% " 62'3% "
(La clase alta "los ricos" formaba un mero 1% de la población total andaluza y como era normal eran los propietarios del 78% de todas las tierras)
Nunca se debe olvidar el tiempo pasado, ni para lo bueno ni para lo malo. Debemos recordar que todos somos resultados de aquellos nefastos tiempos, aunque hayan pasado varias generaciones.
viernes, 25 de julio de 2014
La Infantona
Hace un año escribí un artículo en este mismo Blog acerca de una mujer que me fascinó: una jornalera andaluza que supo venderse bien al extremo de llegar a ser una vizcondesa millonaria.
"Aquella fornida jornalera andaluza de cuerpo hermoso, redondeados brazos, mullidos muslos y marcadas caderas se cansó de su miserable vida de ganapán. Con esfuerzos ahorró lo suficiente para comprar un billete de tren que la llevaría de su pueblo cordobés a Madrid.
Carmela, conocida como Carmelilla por sus familiares y paisanos, trabajó de sirvienta en la casa de unos burgueses comerciantes. Ganaba poco dinero, esa no era su meta. A través de otra sirvienta se enteró de unos saraos que a veces organizaban unos señoritos donde la bebida, la comida y el sexo abundaban.
En un palacete de Recoletos asistió en repetidas ocasiones a estas juergas ganando un dinero extra que la alivió de penurias. Una noche conoció a un señoritingo, relamido y de aspecto muy distinguido, que se encaprichó de ella. No la dejaba sola, la prefirió a las otras chicas. El hombrecillo distinguido quedó prendado del hermoso y blanco cuerpo de Carmelilla y de sus habilidades íntimas.
Resultó que el susodicho caballerete crápula era el duque de Galliera don Antonio de Orleans y Borbón, casado con la infanta doña Eulalia, hija menor del rey don Alfonso XII.
Con el tiempo Carmelilla, ahora Carmen, fue la querida del duque. Probó el arte de vivir a lo grande y le encantó: para eso había dejado su miserable existencia en el pueblo.
El infante don Antonio la prodigaba de costosos regalos como la entrega de un lujoso palacete en París. Doña Carmen, como se hacía llamar, se trasladó a una casa recién construida para ella por el duque en Sanlúcar de Barrameda, en la plaza de Cabildo, donde el aristócrata tenía su residencia palaciega.
La sociedad bien de aquella ciudad tan elitista se escandalizó cuando comprobaron que el infante pasaba más tiempo en la casa de su querida que en palacio. El escándalo aumentó entre las damas sanluqueñas cuando se enteraron que el infante le había regalado a Carmen, conocida ahora con el apodo de la Infantona, su magnífica finca de recreo de El Botánico y los viñedos de El Maestre así como valiosos muebles, obras de arte, joyas, títulos de valores y dinero en metálico que ella depositaba en bancos extranjeros.
La Infantona vivía bien pero también quiso asegurarse una lujosa morada para la otra vida haciendo gastar una fortuna a don Antonio en la construcción de un imponente mausoleo erigido nada menos que por el célebre Benlliure en su pueblo natal cordobés.
Y para rizar el rizo consiguió, tras grandes gastos del duque, un título nobiliario para poder ser mencionada como doña Carmen Giménez-Flores Brito y Mill Segunda Vizcondesa de Termens.
La relación de estos amantes duró 20 años hasta que la infanta doña Eulalia y sus hijos mayores pudieron inhabilitar al duque dejándolo casi en la ruina para refugiarse en París en un piso asistido únicamente por su fiel criado Luis. Allí murió casi en la miseria en el año 1930.
La vizcondesa doña Carmen, dedicada a realizar obras de caridad entre los pobres, murió en su pueblo en el año 1938."
"Aquella fornida jornalera andaluza de cuerpo hermoso, redondeados brazos, mullidos muslos y marcadas caderas se cansó de su miserable vida de ganapán. Con esfuerzos ahorró lo suficiente para comprar un billete de tren que la llevaría de su pueblo cordobés a Madrid.
Carmela, conocida como Carmelilla por sus familiares y paisanos, trabajó de sirvienta en la casa de unos burgueses comerciantes. Ganaba poco dinero, esa no era su meta. A través de otra sirvienta se enteró de unos saraos que a veces organizaban unos señoritos donde la bebida, la comida y el sexo abundaban.
En un palacete de Recoletos asistió en repetidas ocasiones a estas juergas ganando un dinero extra que la alivió de penurias. Una noche conoció a un señoritingo, relamido y de aspecto muy distinguido, que se encaprichó de ella. No la dejaba sola, la prefirió a las otras chicas. El hombrecillo distinguido quedó prendado del hermoso y blanco cuerpo de Carmelilla y de sus habilidades íntimas.
Resultó que el susodicho caballerete crápula era el duque de Galliera don Antonio de Orleans y Borbón, casado con la infanta doña Eulalia, hija menor del rey don Alfonso XII.
Con el tiempo Carmelilla, ahora Carmen, fue la querida del duque. Probó el arte de vivir a lo grande y le encantó: para eso había dejado su miserable existencia en el pueblo.
El infante don Antonio la prodigaba de costosos regalos como la entrega de un lujoso palacete en París. Doña Carmen, como se hacía llamar, se trasladó a una casa recién construida para ella por el duque en Sanlúcar de Barrameda, en la plaza de Cabildo, donde el aristócrata tenía su residencia palaciega.
La sociedad bien de aquella ciudad tan elitista se escandalizó cuando comprobaron que el infante pasaba más tiempo en la casa de su querida que en palacio. El escándalo aumentó entre las damas sanluqueñas cuando se enteraron que el infante le había regalado a Carmen, conocida ahora con el apodo de la Infantona, su magnífica finca de recreo de El Botánico y los viñedos de El Maestre así como valiosos muebles, obras de arte, joyas, títulos de valores y dinero en metálico que ella depositaba en bancos extranjeros.
La Infantona vivía bien pero también quiso asegurarse una lujosa morada para la otra vida haciendo gastar una fortuna a don Antonio en la construcción de un imponente mausoleo erigido nada menos que por el célebre Benlliure en su pueblo natal cordobés.
Y para rizar el rizo consiguió, tras grandes gastos del duque, un título nobiliario para poder ser mencionada como doña Carmen Giménez-Flores Brito y Mill Segunda Vizcondesa de Termens.
La relación de estos amantes duró 20 años hasta que la infanta doña Eulalia y sus hijos mayores pudieron inhabilitar al duque dejándolo casi en la ruina para refugiarse en París en un piso asistido únicamente por su fiel criado Luis. Allí murió casi en la miseria en el año 1930.
La vizcondesa doña Carmen, dedicada a realizar obras de caridad entre los pobres, murió en su pueblo en el año 1938."
domingo, 29 de junio de 2014
Cristianismo y Socialismo en el siglo XXI
¿Qué es un ideal? Deberíamos preguntar antes de opinar sobre cualquier sistema ético basado en valores religiosos o políticos.
Siempre se dijo que una persona sin ideal es una especie de subnormal ( en el sentido no peyorativo de la palabra), una persona que estaba por debajo de, que era un ente a medio hacer, un bobo castrado de ideas y de principios.
Sería impensable que cualquier miembro de un clan del neolítico no saltara alrededor de una hoguera en el solsticio de verano como todos sus congéneres aduciendo que él no creía en "eso". Que él estaba solamente en la vida para comer pan de bellotas y carne de jabalí.
Si un cristiano, digamos un católico, dice que ya no cree en su religión porque unos curas han salido pedófilos, ladrones o inmorales sería la justificación dada por cualquier sub-normal. Esta es la justificación de una persona que perdió su ideal religioso no por falta de fe sino por carecer de unos principios consistentes que aglutinara sus principios morales.
No tener religión o tener otra puede ser tan plausible como ser un buen cristiano, pues también se tiene un ideal siendo agnóstico o ateo o hinduísta.
Por otra parte, ante el evidente ataque al socialismo, por parte de una derecha reaccionaria inculta y sibilina escudándose en los asquerosos casos de corrupción y mangoneo por parte de algunos dirigentes mal llamados socialistas pero que han demostrados ser unos bribones mayúsculos, el concepto de socialismo no tiene por que ser minado. Y de hecho, cuando el socialismo, más o menos descafeinado como el europeo actual, puede practicarse la sociedad tiende a evitar las injusticias de un sistema depredador capitalista y puede controlar parcialmente a esos sayones que apoyan a un sistema de explotación de los menos desfavorecidos y por supuesto contrarrestar un Poder fascistóide basado en el miedo y en el terror burocrático.
La creencia en una fe, en una religión o incluso en un sistema político determinado (incluso si es de tinte conservador) lleva al individuo a integrarse en la sociedad y evitar así la aparición imprevista del sociópata de turno o del orate que cuando no comprende la vida, "su vida", coge una escopeta repetidora y se lía a tiros con todo bicho viviente.
Siempre se dijo que una persona sin ideal es una especie de subnormal ( en el sentido no peyorativo de la palabra), una persona que estaba por debajo de, que era un ente a medio hacer, un bobo castrado de ideas y de principios.
Sería impensable que cualquier miembro de un clan del neolítico no saltara alrededor de una hoguera en el solsticio de verano como todos sus congéneres aduciendo que él no creía en "eso". Que él estaba solamente en la vida para comer pan de bellotas y carne de jabalí.
Si un cristiano, digamos un católico, dice que ya no cree en su religión porque unos curas han salido pedófilos, ladrones o inmorales sería la justificación dada por cualquier sub-normal. Esta es la justificación de una persona que perdió su ideal religioso no por falta de fe sino por carecer de unos principios consistentes que aglutinara sus principios morales.
No tener religión o tener otra puede ser tan plausible como ser un buen cristiano, pues también se tiene un ideal siendo agnóstico o ateo o hinduísta.
Por otra parte, ante el evidente ataque al socialismo, por parte de una derecha reaccionaria inculta y sibilina escudándose en los asquerosos casos de corrupción y mangoneo por parte de algunos dirigentes mal llamados socialistas pero que han demostrados ser unos bribones mayúsculos, el concepto de socialismo no tiene por que ser minado. Y de hecho, cuando el socialismo, más o menos descafeinado como el europeo actual, puede practicarse la sociedad tiende a evitar las injusticias de un sistema depredador capitalista y puede controlar parcialmente a esos sayones que apoyan a un sistema de explotación de los menos desfavorecidos y por supuesto contrarrestar un Poder fascistóide basado en el miedo y en el terror burocrático.
La creencia en una fe, en una religión o incluso en un sistema político determinado (incluso si es de tinte conservador) lleva al individuo a integrarse en la sociedad y evitar así la aparición imprevista del sociópata de turno o del orate que cuando no comprende la vida, "su vida", coge una escopeta repetidora y se lía a tiros con todo bicho viviente.
sábado, 28 de junio de 2014
Pepillo, para Presidente
Leí una anécdota que me hizo sonreir. Cuando el hombre de paja y acérrimo anticomunista L. Walesa lo hicieron presidente de su país, como parte del juego ideado por uno que todos sabemos, y fue invitado formalmente por la reina Isabel al palacio de Buckingham cuentan que un asistente de la reina madre comentó con otro: "Fíjate a lo que hemos llegado en palacio, recibir por S.M. a un chapista pringadillo de un astillero de Polonia con honores de presidente"
"En un pueblo de Asturias vivía un practicante (ahora los llaman A.T.S. u otra zarandaja) que durante la dictadura militó clandestinamente en un partido político ilegal. Cuando llegó la democracia lo votaron y alcanzó el grado de Super dentro del escalafón de su partido. El Super junto con su esposa, antigua dependienta del Mas&Mas y sus dos hijos con caras de lechuguinos se trasladaron a la capital y residieron en la sede oficial del Super, un antiguo palacio que construyó un indiano a finales del siglo XIX. Allí disfrutaron de tres sirvientes, un chófer oficial y dos policías de escoltas.
Pepillo -le comentó una vez su esposa en voz baja mientras viajaban en el coche oficial- fíjate lo que son las cosas. No hace muchos vivíamos en una casa protegida en las afueras de nuestro pueblo, tú pinchando culos y yo reponiendo las estanterías de la tienda y ahora, aquí vamos lindamente en un coche conducido por un sirviente y separado de él por una mampara para evitar su olor a colonia barata y para que nos oiga y además otro coche detrás del nuestro con dos tíos para protegernos de la chusma.
Calla hija y pon cara de dama importante que vamos a inaugurar un granero colectivo y después nos hartaremos de comer fabada hasta reventar- contestó sonriendo el Super mientras se arrascaba con disimulo sus partes pudendas.
"En un pueblo de Asturias vivía un practicante (ahora los llaman A.T.S. u otra zarandaja) que durante la dictadura militó clandestinamente en un partido político ilegal. Cuando llegó la democracia lo votaron y alcanzó el grado de Super dentro del escalafón de su partido. El Super junto con su esposa, antigua dependienta del Mas&Mas y sus dos hijos con caras de lechuguinos se trasladaron a la capital y residieron en la sede oficial del Super, un antiguo palacio que construyó un indiano a finales del siglo XIX. Allí disfrutaron de tres sirvientes, un chófer oficial y dos policías de escoltas.
Pepillo -le comentó una vez su esposa en voz baja mientras viajaban en el coche oficial- fíjate lo que son las cosas. No hace muchos vivíamos en una casa protegida en las afueras de nuestro pueblo, tú pinchando culos y yo reponiendo las estanterías de la tienda y ahora, aquí vamos lindamente en un coche conducido por un sirviente y separado de él por una mampara para evitar su olor a colonia barata y para que nos oiga y además otro coche detrás del nuestro con dos tíos para protegernos de la chusma.
Calla hija y pon cara de dama importante que vamos a inaugurar un granero colectivo y después nos hartaremos de comer fabada hasta reventar- contestó sonriendo el Super mientras se arrascaba con disimulo sus partes pudendas.
jueves, 26 de junio de 2014
Cine clásico
Queimada (1969)
Director: Gillo Pontecorvo.
Marlon Brando, Renato Salvatori ...
La historia siempre se repite, aunque en diferentes escenarios y épocas distintas. Imaginemos un isla caribeña productora de azúcar bajo el dominio de Portugal que tiene que soportar una rebelión de esclavos cansados del maltrato y de las humillaciones.
Un agitador "profesional" inglés desembarca en la isla, un tal Walker (interpretado por un inigualable Marlon Brando) y prepara una sublevación de parias por todo lo alto. Gana la plebe y el líder revolucionario, un pelanas, un don nadie, es elegido presidentre de la isla independiente que poco a poco va dependiendo del comercio impuesto por la corona inglesa.
El líder revolucionario se lo cree y piensa de verdad por hacer cosas a favor de los descamisados, por los libertos, ahora reconvertidos en meros peones. Intenta poner condiciones a los dueños portugueses e ingleses de las plantaciones. Estos llaman a Walker y se quejan del negrito presidente de gobierno. Walker dice: señores, tranquilos. ¿Qué cuesta más mantener a una esposa toda la vida o contratar a una puta el tiempo necesario que ustedes quieran para echarle un polvo?
La isla de Queimada se convierte en un producto más de un capitalismo incipiente, propio del siglo XIX.
Por una parte está el presidente del gobierno, un pobre negrito puesto allí por Walker y por otra parte está el afán especulador de los ingleses que tropiezan con leyes estúpidas que desequilibran sus ganancias. Hay que eliminar al presidente. Entonces Walker monta una campaña entre los jornaleros para que tomen conciencia que están siendo explotados y mal pagados. Lo de siempre.
La película es todo un poema sobre lo inestable que puede ser una democracia cuando hay intereses capitalistas por en medio. La interpretación de M. Brando es genial y la dirección del film es impecable y no es lento del desarrollo, como algunos dicen, sino que marca un tempo para introducirnos en él.
Por último la frase que hace historia, cuando Walker , recién desembarcado en Queimada, le dice a su escogido posible líder de la rebelión: "La libertad no te la obsequian, tú la arrebatas".
Director: Gillo Pontecorvo.
Marlon Brando, Renato Salvatori ...
La historia siempre se repite, aunque en diferentes escenarios y épocas distintas. Imaginemos un isla caribeña productora de azúcar bajo el dominio de Portugal que tiene que soportar una rebelión de esclavos cansados del maltrato y de las humillaciones.
Un agitador "profesional" inglés desembarca en la isla, un tal Walker (interpretado por un inigualable Marlon Brando) y prepara una sublevación de parias por todo lo alto. Gana la plebe y el líder revolucionario, un pelanas, un don nadie, es elegido presidentre de la isla independiente que poco a poco va dependiendo del comercio impuesto por la corona inglesa.
El líder revolucionario se lo cree y piensa de verdad por hacer cosas a favor de los descamisados, por los libertos, ahora reconvertidos en meros peones. Intenta poner condiciones a los dueños portugueses e ingleses de las plantaciones. Estos llaman a Walker y se quejan del negrito presidente de gobierno. Walker dice: señores, tranquilos. ¿Qué cuesta más mantener a una esposa toda la vida o contratar a una puta el tiempo necesario que ustedes quieran para echarle un polvo?
La isla de Queimada se convierte en un producto más de un capitalismo incipiente, propio del siglo XIX.
Por una parte está el presidente del gobierno, un pobre negrito puesto allí por Walker y por otra parte está el afán especulador de los ingleses que tropiezan con leyes estúpidas que desequilibran sus ganancias. Hay que eliminar al presidente. Entonces Walker monta una campaña entre los jornaleros para que tomen conciencia que están siendo explotados y mal pagados. Lo de siempre.
La película es todo un poema sobre lo inestable que puede ser una democracia cuando hay intereses capitalistas por en medio. La interpretación de M. Brando es genial y la dirección del film es impecable y no es lento del desarrollo, como algunos dicen, sino que marca un tempo para introducirnos en él.
Por último la frase que hace historia, cuando Walker , recién desembarcado en Queimada, le dice a su escogido posible líder de la rebelión: "La libertad no te la obsequian, tú la arrebatas".
La ternura poética de un guardia antidisturbios
Cuando se contempla la vigorosa estampa de un grupo de hombres disfrazados de robocops apaleando a manifestantes nuestra almas se subleva y siempre simpatizamos con los apaleados, nunca con los apaleadores porque creemos que bajo ese disfraz imponente hay un cerebro de mosquito hambriento más que la de una persona. Pero no es así, la mayoría de ellos son también seres humanos que piensan y sienten como un hombre normal.
Julio H. Pedrón, natural de un pueblo de un valle asturiano, pastor de profesión tuvo que hacer el servicio militar obligatorio, como era normal hace años. Julito, de niño bebía mucha leche y comía queso y pan más de los normal desarrollando una corpulencia notable aunque su cerebro estaba seco por falta de instrucción. En la mili le enseñaron a leer y a mal escribir y a hacer hasta cuentas de multiplicar por decimales. En el cuartel comía y dormía en cama todos los días; se dio cuenta que vivía mejor que cuidando cabras en mitad del monte.
Antes de terminar el servicio militar leyó un panfleto donde se solicitaban policías armadas, los grises como se les llamaban. Se necesitaba haber hecho el servicio militar, no tener antecedentes por rojo y saber leer y escribir y hacer cuentas. Perfecto, aquí tengo mi futuro - pensó Julio.
Su júbilo se desparramó como el agua por el prado cuando se vio vestido con aquel uniforme gris, aquella gorra de plato con una cinta roja y sentir el peso agradable, en el cinto, de sus dos herramientas de trabajo: la flexible y aterradora porra y la pistola reglamentaria con un cargador de repuesto.
Julio después de ganar varios jornales se casó con Marta, un chica que servía en la casa de unos señores que eran muy distinguidos. Era de aldea, como él, pero llevaba en Madrid varios años y se había refinado bastante, incluso leía libros que la señora le permitía coger de la biblioteca.
Un día que Julio tenía libre y estaba cansado de ver la televisión se recostó en el sofá y revolvió entre los libros que Marta tenía depositado en el mueble bar de formica: Dámaso Alonso, Campoamor, Neruda, San Juan de la Cruz, etc.
Julio comenzó a hojear uno de ellos y leyó:
"Yo no supe donde entraba,
pero cuando allí me vi,
sin saber dónde estaba,
grandes cosas entendí,
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo"
Dos lágrimas brotaron de los aburridos ojos del antidisturbio. Un acto de amor universal se forjó en su encallecido corazón. Sollozó como un niño y de pronto, poniéndose de pie y secándose las lágrimas, se avergonzó pensando lo que diría su sargento si lo viera.
Julio H. Pedrón, natural de un pueblo de un valle asturiano, pastor de profesión tuvo que hacer el servicio militar obligatorio, como era normal hace años. Julito, de niño bebía mucha leche y comía queso y pan más de los normal desarrollando una corpulencia notable aunque su cerebro estaba seco por falta de instrucción. En la mili le enseñaron a leer y a mal escribir y a hacer hasta cuentas de multiplicar por decimales. En el cuartel comía y dormía en cama todos los días; se dio cuenta que vivía mejor que cuidando cabras en mitad del monte.
Antes de terminar el servicio militar leyó un panfleto donde se solicitaban policías armadas, los grises como se les llamaban. Se necesitaba haber hecho el servicio militar, no tener antecedentes por rojo y saber leer y escribir y hacer cuentas. Perfecto, aquí tengo mi futuro - pensó Julio.
Su júbilo se desparramó como el agua por el prado cuando se vio vestido con aquel uniforme gris, aquella gorra de plato con una cinta roja y sentir el peso agradable, en el cinto, de sus dos herramientas de trabajo: la flexible y aterradora porra y la pistola reglamentaria con un cargador de repuesto.
Julio después de ganar varios jornales se casó con Marta, un chica que servía en la casa de unos señores que eran muy distinguidos. Era de aldea, como él, pero llevaba en Madrid varios años y se había refinado bastante, incluso leía libros que la señora le permitía coger de la biblioteca.
Un día que Julio tenía libre y estaba cansado de ver la televisión se recostó en el sofá y revolvió entre los libros que Marta tenía depositado en el mueble bar de formica: Dámaso Alonso, Campoamor, Neruda, San Juan de la Cruz, etc.
Julio comenzó a hojear uno de ellos y leyó:
"Yo no supe donde entraba,
pero cuando allí me vi,
sin saber dónde estaba,
grandes cosas entendí,
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo"
Dos lágrimas brotaron de los aburridos ojos del antidisturbio. Un acto de amor universal se forjó en su encallecido corazón. Sollozó como un niño y de pronto, poniéndose de pie y secándose las lágrimas, se avergonzó pensando lo que diría su sargento si lo viera.
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