La figura de don Manuel Azaña, tan denostada políticamente por la inculta derechona de nuestro país, todavía es recordada como la de una figura intelectual liberal de principios del siglo XX por los españoles educados en el humanismo y en la cultura como vehículo de acercamiento a los pueblos.
Platón fracasó en su intento de aplicar sus teoría de La República en una comuna que él intento dirigir en Siracusa. De la misma manera que Azaña intentó aplicar su saber en gobernar a unos españoles ingobernables y salvajes. Fracasó como político, igual que Platón.
"El jardín de los frailes" es un libro de juventud de Azaña de cuando él estudió el bachillerato en un internado de curas, frailes, que curiosamente estaba situado en un ala del Monasterio del El Escorial. Pero ¿por qué hacemos una reseña de un libro escrito en el año 1926? Porque todavía puede considerarse, en algunas de sus reflexiones, como actual.
"Mis padres intentaron educarme para ser una larva de funcionario para después poder ser un padre de familia: así reza el cartel que ellos colgaron de mi pescuezo (dice pescuezo y no cuello). Pero no, en esa edad comenzamos a amarnos a sí mismos con monstruoso amor, macerados en la soledad y en el zambullirnos en el deleite de los sueños"
"Una masa de estudiantes degenera velozmente en turba, ligada a la bajeza común. Y todo hombre que no esté atacado de futilidad incurable y aspire a formarse en el curso de la vida una conciencia noble, no hace sino emanciparse de aquella necedad primaria, que cuando más es, sobra la chabacanería y el sin sentido"
"Siempre hay un refugio en la belleza. Gran obra es la que puede surtir limpiamente la emoción de lo bello, entendiendo en su origen por el patetismo trascendental, calificado de frívolo, como pudiera de cursi y filisteo. Cuando la menguada educación deposite sus finos parásitos en el puro goce de contemplar y pretende regir mi vuelo"
"La vibración de la luz insiste en los cuerpos, se transfunde a mis versos. Ráfagas ardiendo, girar de ondas, efusión de esplendores, y un derretirse en remolinos transparentes la virtud enérgica del sol incitan al cadáver de la tierra a cobrar vida. La tierra, el cuerpo presente, quisiera florecer y no puede: es invierno"
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