"No deseo que mi marido lea estas líneas de mi diario ya que se deprimiría. Ya somos viejos para cambiar nuestras vidas y ahora no tenemos más remedio que dedicamos a vegetar en nuestra dulce y aburrida prisión: nuestro chalé, que está en la urbanización El Vado, a seis kilómetros de la capital donde vivimos habitualmente.
Mi marido nunca tuvo muchas luces, siempre necesitó un hervor ya que cuando terminamos de pagar nuestro lujoso y costoso piso, que por cierto está junto al parque en pleno centro de la ciudad, pensé que nos íbamos a dedicar a vivir con desahogo, pero no, debido a no ser menos que sus colegas médicos del hospital él necesitaba una segunda residencia para poder veranear y pasar allí sus días libres. Ya se sabe que en la primera mitad de la década de los 70 se puso de moda el campo, el cultivo de tomates y lechugas en tu parcela, la cría de gallinas que daban huevos hermosos y todas esas zarandajas típicas de la clase media profesional.
Reconozco que cuando nuestros hijos eran pequeños les encantaban ir al chalé para coger sus bicicletas y en unión de sus amigos de la urbanización recorrer senderos y veredas. Otra cosa fue cuando se hicieron adolescentes, ahora querían quedarse en la ciudad y en los veranos ir a la playa. Y cuando se independizaron, como es lógico, nos dejaron más solas que la una.
Lo peor fue cuando se jubiló mi marido, desde entonces pasamos medio año en el chalé ¿que qué hacemos? ver la televisión y decir todas las primaveras la misma idiotez. "Ya están echando capullos los rosales"
Confieso que odio el chalé, odio el campo, odio a los vecinos ruidosos adictos a las barbacoas domingueras, odio a los grillos y a las chicharras, aunque amo a mi marido y no puedo darle un disgusto diciéndole que no me gusta más este retiro.
Yo estoy todavía animosa para poder viajar con comodidad, desayunar en una cafetería y leer la prensa, visitar los centros comerciales (que me encantan), ir al cine, cenar en un restaurante coqueto pero ya no estoy para meterme en el chalé y aburrirme como una tarada mental.
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